Diario de un estudiante en tiempos de pandemia Daniela S. Vargas

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Diario de una estudiante en tiempos de pandemia

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Daniela S. Vargas

Hay cosas que damos por sentado por el simple hecho de que están ahí. La rutina diaria y la monotonía nos hacen sentir que la vida es constante e inmutable; sin embargo, la pandemia COVID-19 nos ha recordado rotundamente que la vida puede cambiar en un instante.

Nuestra vida, desde que somos estudiantes universitarios, consistía, esencialmente, en asistir a clases, estudiar, disfrutar de nuestro tiempo libre y reunirnos con nuestros amigos para divertirnos. Todo eso cambió de la noche a la mañana. Cuando escuchábamos hablar del nuevo virus, muchos pensábamos que se quedaría en China; sin embargo, no teníamos ni idea de lo que nos esperaba en realidad. Se acercaba el virus, por lo que pensábamos en qué pasaría si este llegase a nuestros países, mientras, al mismo tiempo, valorábamos nuestras opciones para seguir estudiando nuestras carreras. Debíamos elegir entre regresar a casa o quedarnos y afrontar la situación desde el extranjero. Algunos de nosotros ni si quiera tuvimos tiempo para tomar una decisión cuando ya una de las posibilidades había sido completamente descartada. Ciertos países habían dictaminado cerrar fronteras, con lo cual, estábamos varados indefinidamente. Y así es como inició, no solo para los estudiantes, sino para todos, una nueva vida.

Seguir estudiando en modalidad online no era lo que todos deseábamos; sin embargo, teníamos que adaptarnos o renunciar, y la última, en realidad, no era una opción. Puesto que conocíamos el enorme sacrificio que nuestros padres hacían para apoyarnos financieramente en un tiempo lleno de inseguridad económica.  A pesar de la duda que teníamos al inicio, nuestros maestros nos facilitaron las clases y los materiales para que estuviesen a nuestro alcance. Como resultado, éramos los estudiantes, los responsables de aprender con las herramientas proporcionadas. Nosotros decidíamos si levantarnos o no a diario para recibir las clases, para escribir notas, para hacer las tareas, entre otros deberes. Era reconfortante saber que, por supuesto, los maestros estaban a la completa disposición de ayudarnos si era necesario.

Desafíos emocionales

Asimismo, otro de los desafíos que enfrentábamos era lidiar con todos aquellos pensamientos y emociones que regularmente irrumpían en nuestras cabezas. Cuando la pandemia por fin había llegado a nuestros países y escuchábamos a diario de contagios y muertes en las ciudades de donde veníamos, lo único que podíamos hacer era desear que ninguno de nuestros amigos o familiares fuera una de las víctimas del virus. Sin embargo, la incertidumbre, frustración y ansiedad nos invadían, y más que nada, la soledad. Era en esos momentos cuando la soledad se sentía más que nunca. Soledad con la que habíamos vivido desde que llegamos a España pero que nunca habíamos sentido tan intensamente como en esos momentos. Esta soledad que compartíamos con nuestros compañeros de apartamento, quienes, en muchos casos, más que compañeros, eran amigos. Amigos que, en estas circunstancias, se convirtieron en familia.

Finalmente, llegó el fin del confinamiento, acabó la cuarentena. El poder volver a ver a nuestros amigos nos trae sentimientos de alegría y dicha. Nos encontramos con una nueva normalidad. Nuestras vidas han cambiado, pero hemos salido adelante; sin embargo, sabemos que esto no ha terminado, el virus sigue ahí. Seguimos preocupados por nuestras familias y amigos, mas continuamos viendo hacia adelante, con la cabeza en alto y con esperanzas de volver a ver a nuestros seres queridos en un nuevo y mejor mañana.