LA SOMBRA DEL VIGÍA de Cristian Hidalgo

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Durante varias semanas, os hemos ido presentando los diferentes relatos de los finalistas de la pasada edición. Como broche final,  os traemos el relato del ganador realizado por el alumno del grado en Psicología, Cristian Hidalgo.

Con motivo del día del libro, el 23 de Abril, se celebra en el campus por segundo año consecutivo un certamen de relatos cortos. La iniciativa impulsada creada por el servicio de la biblioteca de la Universidad Europea del Atlántico, registró una alta participación en su primera edición y afronta con ilusión este segundo asalto.

Tal y como consta en las bases oficiales, el objetivo del concurso es premiar el mejor relato breve que se presente al concurso, con la finalidad de promover la producción literaria y la divulgación de la obra premiada y las finalistas, en el contexto universitario y social.

En este concurso puede participar cualquier miembro de la comunidad universitaria, tanto del equipo como del profesorado, personal de administración y alumnos.

¡Os animamos a que participéis en esta próxima edición!

RELATO GANADOR

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Cristian Hidalgo, ganador del I concurso de relatos cortos de UNEATLANTICO. Foto: Yaiza Calleja

 

LA SOMBRA DEL VIGÍA de Cristian Hidalgo Saiz

“Dios creó al hombre para la incorrupción y le hizo a imagen de Su propio ser. Mas por la envidia del diablo entró la muerte al mundo y la experimentan los que le pertenecen” -Sabiduría 2

 

Esa noche no hubo finales felices. Nadie comió perdices, ni un beso rompió la pesadilla. No hubo victorias pírricas, ni héroes que conquistaran nada después de muertos. Tampoco valientes que salvaran la ciudad en el último momento, sacrificando sus propias vidas para ello. Dios nuestro Señor no escuchó plegarias esa noche, prefirió taparse los ojos y evitar contemplar lo que se echaba encima de su creación.

 

Corderos. A eso se redujo su prole. Su humanidad. Escondida detrás de muros, muriendo de hambre y sin tener ninguna oportunidad de derrotar al enemigo exaltado ¿A qué los has conducido, Señor? ¿Por qué te afanas en poner a prueba su mortalidad? ¿Es este el Paraíso con el que tanto han soñado? No lo creo.

 

Mis recuerdos no alcanzan a vislumbrar la última vez que la humanidad gozó de un periodo de paz absoluta entre ellos. Después de años tratando de entender los motivos, creí haber llegado a la llave del asunto: su afán por autodestruirse.

 

No he sido conocedor de ninguna otra especie de la creación que sintiera la necesidad imperiosa de acabar con su vida, de forma activa o pasiva. Les he observado intoxicarse hasta la muerte con líquidos ardientes, llenar sus pulmones con humos venenosos, comprobar la efectividad de la gravedad lanzándose de cabeza por un puente o luchar entre ellos por los límites de sus volubles territorios ¿Y todo para qué? ¿Es posible que ese “afán por autodestruirse” les haga recordar que son mortales? ¿Qué están vivos? Si algo han aprendido en las últimas décadas es que el miedo a la muerte también hace que se sientan vivos, y que aprecien más cada aliento que abandona sus frágiles cuerpos.

 

Mis recuerdos no alcanzan a vislumbrar la última vez que la humanidad gozó de un periodo de paz absoluta, hasta ahora. Un enemigo común, una fuerza que desafiara la arrogancia humana lo suficiente como para que se sintiera amenazada. Eso hizo falta para que la prole uniera sus fuerzas, ignorando fronteras, razas e intereses. Uniéndose bajo la confianza en el único y verdadero Dios.  Me entristece que haya sido necesario llegar hasta este extremo para conseguir tal bien supremo.

 

Sin embargo, ni la alianza de toda la especie consiguió poner freno a la invasión que ya se había iniciado. Muchos catalogaron al enemigo de “animal”, por su enorme aspecto físico y su afán devorador. Con el tiempo se descubrió que gozaba de una inteligencia táctica muy superior, incluso, que la de un ser humano. Otros apuntaron luego al cielo hablando del término “alienígenas”, pues este mundo nunca había visto una especie como esta en su existencia. Por último, los más devotos optaron por señalar al suelo y defender que eran enviados del Infierno, buscando destruir el mundo del hombre bueno.

 

Pero eso dejó de importar cuando se tañeron las campanas de la última fortaleza humana al este del Atlántico. Una fortaleza de un tamaño colosal, en cuyo interior, cerca de medio millón de personas sentían seguridad y soñaban con que cada día no fuera el día de su cita con la muerte. Esperaban que los descomunales muros de piedra maciza siguieran imponentes durante generaciones y deseaban que la milicia supiera hacer su trabajo llegado el momento. Y el momento había llegado.

 

Mi labor es la de un mero observador, un vigilante. No se me permite interactuar directamente con ningún ser físico de la Tierra. Estoy a su lado y empatizo con sus sentimientos, pero nunca me muestro. No debo. Solo escribo. Por mi bien.

 

Me sitúo en la avenida que tengo más cercana, abarrotada de mortales. Descontrol. Miedo. Desesperación. Huyen como corderos hacia los muros interiores. Los milicianos tratan de imponer un orden civilizado pero la muerte llama a las puertas, y nadie quiere estar cerca de la puerta cuando entre. Gritan, lloran y se lamentan. Una madre reza con su hijo en brazos. Mientras corre implora diciendo “Dios, perdóname… No permitas que me arrebaten a mi hijo… Perdónale a él de este castigo…” Inocencia. Está en manos de Dios perdonar, pero el perdón no la salvará hoy. Dedico una mirada de reproche al cielo.

 

La calle se va despejando, dejando a la milicia a solas con el silencio, y en paz con los pensamientos de aquello que les espera al otro lado de los muros. El cielo se torna rojizo, como la sangre que se derramará esta noche. La sangre de los débiles. Débiles como el hombre que recorre ahora las calles a duras penas. Es anciano, suple la ausencia de una pierna con una artesanal muleta de madera. Siente un frío aliento en la nuca, sabe que se le agota el tiempo. Su corazón está disparado, no llegará a los muros interiores. Como un rayo, se precipita contra el suelo, presa del pánico y la torpeza. La milicia le ignora, no pierde su tiempo con débiles. La humanidad actual está formada por la élite. No hay lugar para los restos.

 

Las campanas vuelven a romper el oscuro cielo de la fría noche. Ya están aquí. Todos los soldados corren sin excepción a los muros. Será allí donde se reúnan con el destino. Todos morirán esta noche. No lo saben aún, tratan de evitar ese pensamiento, pero lo harán. Prefieren dejarse llevar por el momentáneo valor ¿Sería correcto decir que se sienten complacidos de manera innata al poder recuperar la posibilidad de autodestrucción? ¿Es la mortalidad lo que les infunde valor, el miedo a perder la vida, la necesidad de supervivencia? Me siento intrigado.

 

Mayor es mi intriga cuando veo a un miliciano parado en medio de la calle. Diría que el miedo ha embriagado su dubitativo corazón. Pero me equivocaría. No es miedo lo que siente, sino compasión. Mantiene su mirada fija en el anciano anteriormente mencionado. Este no le corresponde, está demasiado cansado siquiera para levantar la cabeza del suelo, probablemente ni siquiera esté consciente ¿Qué intenta? Levanta al anciano haciendo alarde de fuerza y lo lleva en brazos hacia las zonas interiores. Fascinante. Me acerco interesado a él mientras anda ¿Por qué sacrificar su tiempo, y posiblemente su vida, por un ser que no pasará de esta noche? Él es consciente… “¿Por qué, tú, cordero, pierdes tu tiempo intentando salvar a un hombre que nunca te conocerá, que nunca te lo agradecerá, que posiblemente muera en una hora o en un día? ¿Por qué darle más tiempo, si su destino está escrito? ¿Por qué, si es viejo y tullido? No aportará nada a este, vuestro mundo. ” Digo a su lado, a pesar de que mis palabras son inaudibles para sus oídos de mortal. Detengo mi persecución, pensativo ¿Esto es lo que llaman “esperanza”? Creí muertos los antiguos valores, perdidos en este involucionado mundo. “Esperanza” repito sin darme cuenta en alto. Debo reflexionar mucho al respecto.

 

Mientras la milicia lleva a cabo su baile con la muerte en los muros, y la prole espera su turno en las zonas interiores, un grito agudo desgarra el aire y mi concentración. Viene de un callejón contiguo. Me dirijo allí, curioso.

“Por favor… Por favor…” Llora ella lentamente. Está tirada en el suelo, contra una enmugrecida pared. Sus ojos son cascadas que mueven su oscuro maquillaje hacia las zonas bajas de sus mejillas. Su negro pelo alborotado parece salido de una dura refriega. A duras penas mantiene su vestido agarrado sobre sus pechos, mientras un hombre con ropas de miliciano se la acerca con paso sereno. Otro acto de bondad. Ha tenido suerte de que ese miliciano anduviera cerca para sofocar su comprensible miedo.

 

Por favor… Déjame ¡Déjame!” Exclama ella. El iluso ahora soy yo. Temo que mi juicio haya sido embriagado por el anterior acto. Ese cordero no es lo que parece, es un lobo escondido entre ovejas. Me aproximo. Apesta a lujuria y maldad. “Cállate…” Susurra él mientras la agarra por las muñecas. “Cállate, o no esperaré a terminar para rajarte el cuello.” Su boca se acerca al cuello de su presa, que se resiste por alejarse. Huele con fuerza su pelo, provocando mayor excitación en su cuerpo de la que ya tenía. Repulsivo. Almas podridas que ni en la mayor desolación de su especie dejan a un lado los impulsos más perversos de la carne ¡Vergüenza me da que, oh Señor, permitas esto! No debo implicarme, ni siquiera de manera emocional pero no puedo evitarlo. Tal injusticia me abruma e irrita como a cualquier mortal. Sus desesperados llantos crecen mientras él la fuerza entre sus garras. Garras de carroñero, no se merece la comparación con un lobo. Es un buitre. Un alma carroñera que ataca a los débiles mientras los fuertes no miran ¿Aunque no es eso a lo que se ha reducido la humanidad? ¿A dejar a los débiles atrás? Yo mismo me contradigo ¿Está mi juicio nublado? ¡No! ¡Me niego! Los antiguos valores aún deben prevalecer. Ningún ser debiera aprovecharse de un igual o inferior. Por otro lado ¿Por qué, si está en su naturaleza hacerlo? ¿No es el fuerte el que somete al débil? ¿No está el débil marcado desde que nace para caer ante el más fuerte? Sí, pero esto no es una sumisión, esto es un abuso.

 

Ella patalea. Él la golpea, piensa que se mueve demasiado. “Ni un millar de castigos serían suficientes para hacer justicia a tu vil comportamiento” le susurró al oído, aunque él no oiga más que una leve brisa.

 

Los intentos de la joven por escapar cesan. Ya ha caído al suelo, con el engendro encima y sin ninguna posibilidad de resistirse. Grita, pero es inútil ¿Cómo puedes, oh, Dios, contemplar esto y no inmutarte? El libre albedrío fue un castigo, no un privilegio. Un nuevo “yo, me lavo las manos”. Estos únicos pensamientos podrían considerarse traición ¿Debo controlarme? ¿Debo seguir censurando la realidad? ¿Cómo puedo, oh, Señor, observar esto y mantenerme pasivo?.

 

Dios mío, mis pensamientos me traicionan, perdóname. Me estoy dejando llevar por los sentimientos más humanos. El buitre jadea cual cerdo. Ella siente su fétido aliento sobre su boca. Llora. No quiere mirar, así que aparta la mirada. A pesar de que no sabe que estoy ahí, sus ojos dan de lleno con mi mirada. Unos ojos tristes que piden misericordia. Unos ojos húmedos que gritan “auxilio”. Unos ojos verdes que me preguntan “¿Por qué lo permites?” No pierde las ganas de huir, pues al primer contacto íntimo vuelve a patalear. Recibe otro golpe en la sien, y un rodillazo en el estómago. Ahora sí está sometida. Sus ojos se han cerrado, cansados de su lucha. No quiere ver esto, para no recordarlo.

 

¿Debo mirar y aplaudir? ¿Dejar que se salga con la suya? “Solo eres una humana” Digo para autoconvencerme. Miles de humanos están pereciendo ahora mismo en los muros de esta fortaleza, miles de millones han perecido ya en manos del enemigo de la humanidad… Si no intervengo ni intervine con ellos ¿Por qué debiera hacerlo por ti? ¿Por qué ibas a ser tú especial? No. Soy un observador, no debo intervenir. La intervención es desacato, y el desacato se paga muy caro. Doy media vuelta y comienzo a andar hacia la salida del callejón.

¿Por qué debiera hacerlo? ¿Por qué debiera yo sacrificarme por un único ser insignificante para la humanidad? Probablemente muera en unos días, o en horas. Además, tampoco tendrá mucha utilidad para la prole. Me detengo, lleno de dudas. Me cuesta pensar con claridad ¿Por qué? ¿Por qué debiera salvarte? ¿Por qué debiera sacrificar mi rango por ti? ¿Por qué? Dedico una breve mirada al cielo.

 

El callejón se iluminó con la luz de cien Soles, el hombre gritó y el aire se embriago con el olor a carne quemada. Ella abrió los ojos, con las manos de por medio, y contempló a su agresor fallecido en el suelo. Lo siguiente que vio la hizo llevarse las manos a la boca y retroceder con los ojos casi salidos de sus órbitas. “Contempla ahora, cordero, tu salvación, y no la olvides, pues será lo más hermoso que contemples en tu corta vida mortal” Sentencié, antes de ser reclamado.

 

Diario de Bezaliel, antiguo Ángel Vigía de los dominios humanos.

“Sabías que no debías mostrarte” dijo en toda su gloria. “” afirmé. “Aun sabiendo el castigo lo hiciste” sonó de nuevo en la Sala Celestial. “” repetí. “Ahora te pregunto, Bezaliel ¿Por qué?” dediqué una breve mirada al suelo antes de contestar.

 

Porque tenía esperanza”.